Cuando ser bíblico se convierte en un problema
De verdad que estamos viviendo tiempos difíciles. Y basta mirar el estado del debate cristiano en redes sociales para notarlo: hoy, ser bíblico (o intentar serlo con seriedad) parece haberse convertido, para muchos, en un defecto más que en una virtud. En no pocas ocasiones, cuando alguien cita con frecuencia al apóstol Pablo, recurre a los escritos apostólicos o se sumerge en el Nuevo Testamento como un todo (y no en fragmentos fuera de contexto que solo alimentan el ego), se le etiqueta de inmediato: “bautista”, “presbiteriano”, “tradicionalista” o, peor aún, “presumido”. Se le acusa de estar descontextualizado, como si la profundidad bíblica fuese sinónimo de rigidez o de superioridad espiritual. No hay nada malo en que a alguien se le asocie con una tradición cristiana en particular; el problema aparece cuando esa etiqueta se usa para invalidar el mensaje. En mi caso, por ejemplo, no soy bautista: soy pentecostal. No tengo conflicto personal con los bautistas, pero sí reconozco que...