Cuando ser bíblico se convierte en un problema
De verdad que estamos viviendo tiempos difíciles. Y basta mirar el estado del debate cristiano en redes sociales para notarlo: hoy, ser bíblico (o intentar serlo con seriedad) parece haberse convertido, para muchos, en un defecto más que en una virtud.
En no pocas ocasiones, cuando alguien cita con frecuencia al apóstol Pablo, recurre a los escritos apostólicos o se sumerge en el Nuevo Testamento como un todo (y no en fragmentos fuera de contexto que solo alimentan el ego), se le etiqueta de inmediato: “bautista”, “presbiteriano”, “tradicionalista” o, peor aún, “presumido”. Se le acusa de estar descontextualizado, como si la profundidad bíblica fuese sinónimo de rigidez o de superioridad espiritual.
No hay nada malo en que a alguien se le asocie con una tradición cristiana en particular; el problema aparece cuando esa etiqueta se usa para invalidar el mensaje. En mi caso, por ejemplo, no soy bautista: soy pentecostal. No tengo conflicto personal con los bautistas, pero sí reconozco que existen discrepancias doctrinales importantes. Además, a nadie le agrada que lo acusen de ser algo que no es. Dicho sea de paso, dentro del mundo bautista hay posturas distintas (cesacionistas y continuistas) y, desde mi perspectiva, ambas pueden mantener enfoques equivocados respecto a los dones y los milagros. Como pentecostal, creo en la vigencia de los dones, en los milagros y en las manifestaciones del Espíritu Santo.
Sin embargo, pareciera que estamos viviendo una época en la que el pentecostalismo, para ser aceptado, solo puede hablar de “manifestaciones”, “milagros”, “mover”, “poder”, “motivación”, “prosperidad” y “empoderamiento”. Incluso se aplaude —casi sin filtro— que se mezcle la psicología con la Biblia como si fueran complementos indispensables. No tengo ningún problema con las personas que ejercen la psicología; el punto es otro: se celebra la psicología como si fuese una ciencia definitiva para explicar y resolver el corazón humano, y se termina relegando el diagnóstico bíblico. La Escritura no enseña que el problema del ser humano sea psicológico, enseña que es un problema del corazón, un problema de pecado. Y solo el Espíritu Santo por medio de la Palabra de Dios, puede transformar la realidad más profunda de una persona.
Cuando se habla en esos términos —con convicción doctrinal y con Biblia abierta— se corre el riesgo de quedar fuera del “nosotros”. Temas como la justificación, la santificación, la encarnación de Cristo, la cristología seria y los diamantes doctrinales de las cartas del Nuevo Testamento son vistos como asuntos desfasados. Lo que se exige es “relevancia”.
Esta presión no surge de la nada. Es el resultado de un mundo digital que ha tomado más fuerza que el mundo físico y cotidiano. En redes sociales, lo que se impone es lo que se aplaude. Basta observar a los predicadores más famosos para notar una tendencia preocupante: escasea la predicación expositiva de la Palabra de Dios.
Y cuando alguien aborda temas que requieren precisión bíblica —por ejemplo, afirmar que el último profeta canónico fue Juan el Bautista y distinguir entre el oficio profético del Antiguo Testamento y el don profético del Nuevo Testamento— el ambiente se vuelve incómodo. En el ministerio profético antiguo testamentario, canónico, lo que el profeta decía era incuestionable. En cambio, en el Nuevo Testamento, el ejercicio profético vinculado al don (y no al oficio) debe ser juzgado y discernido a la luz de la Escritura, como lo hizo la iglesia primitiva (Hechos).
Quizá parezca que estoy tocando demasiados temas, pero en realidad todo se resume en un mismo sentimiento: el ruido constante de opiniones, tendencias y personalidades digitales está erosionando la salud espiritual de muchos. Cada día veo más sensato tomar distancia de las redes sociales. No se trata de desaparecer —este es el mundo en que vivimos—, sino de aprender a apagar voces que no edifican, que distraen, que desenfocan y que en lugar de producir piedad, producen estrés.
Sí, estamos viviendo tiempos difíciles. Pero también podemos tomar una decisión radical: volver a enfocarnos en Cristo y en su evangelio; abrazar el llamado de Dios y la missio Dei: predicar, discipular, servir, orar por los enfermos y vivir las bienaventuranzas que el evangelio trae a la vida humana.
Que Dios les bendiga grandemente. Que la gracia del Señor sea con ustedes.
Yariel Tejeda
Predicador | Pastor
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